Una conquista de pandemia, de cajón y Bicentenario. 

Una conquista de pandemia, de cajón y Bicentenario. 

Por Robert Jara

[El talento y la oportunidad son las dos alas de un mismo pájaro]

 

A mediados de los 80, quise aprender a tocar trompeta, pero el profesor de la banda de músicos de mi colegio me dijo que era demasiado tarde, que eso se tenía que aprender desde el primer año de secundaria, y que si quería, que aprendiera a tocar corneta. Aunque se salió con la suya, pues nunca aprendí a tocar trompeta, no le permití que me cortara las alas. Por aquel tiempo también quise aprender a tocar guitarra; mi madre le habló a cierto vecino del barrio para que me enseñara, pero le dijo que no, que no tenía tiempo, en realidad, y todos lo sabían, era un egoísta; y como sucedió con mi profesor, tampoco le permití que me cortara las alas, y al poco tiempo empecé a practicar solo en una destartalada guitarra que tenía apenas una cuerda, y que me prestara mi tía a regañadientes, pues era un recuerdo de su difunto esposo.

Por aquel tiempo también empecé a arrancarle notas a mi quena de PVC, mientras pastaba mis borregos en el campo. A mediados de los 90, al toparme de casualidad en la ciudad con algunos integrantes de un grupo folklórico local, me les acerqué y, emocionado, les dije que me encantaba la música folklórica y que me gustaría integrarme, que me gustaría aprender. Ya estando adentro, como si de algo natural se tratara, le pedí al diestro vientista que me enseñara a tocar quena y zampoña, de esas de verdad; es decir, profesionales; simplemente se hizo el loco y nunca me enseñó; pero yo no permití que su desaire me cortara las alas; hice el esfuerzo de conseguir una quena y una zampoña de bambú y me dediqué solo a arrancarles melodías inventadas; no obstante el impase, tomé valor y le pedí a otro diestro instrumentista del grupo que me enseñara a tocar bombo y así poder acompañarlos cuando sea necesario; me dijo que ya, pero tras los primeros cinco minutos que intentó enseñarme infructuosamente a coger algún ritmo folklórico, sentenció sin miramientos: “no tienes compás, y nunca lo tendrás”; y molesto me arranchó el bombo; pero tampoco le permití que me cortara las alas; me dediqué a tamborilear ritmos folklóricos en cuanta superficie se pusiera delante de mis manos…

No obstante los noes, azuzado, quizá, por mi voluntad intrínseca, por mi innata predisposición al aprendizaje autónomo y por mi espíritu chancón -sí, porque me considero más que inteligente, estudioso, chancón, sobre todo cuando de actividades que llaman significativamente mi atención se trata-, aprendí por cuenta propia a tocar guitarra, charango, quena, zampoña, bombo; claro, no como los tocaría un experto, pero sí a un nivel, digamos, aceptable. Ah, y de yapa, aprendí a hacer algo que si no se lo pedí a alguien que me enseñara fue porque nadie cerca de mí sabía hacerlo: componer canciones, las que hilaba por los bordos, allá en el arrozal; y por los caminos, como el que va de la ciudad al campo, y que yo recorría por las noches en mi bicicleta chacarera, luego de terminados los ensayos. Ah, pero si les pedí que me apoyaran a arreglar y tocar mis canciones con el grupo, pero solo se instaló una brutal resistencia, que menguó un poco en cierto momento, para luego recuperar su inicial ímpetu; pero a esto tampoco le permití que me cortara las alas, y más bien me dio valor para animar a la collera del campo a formar un grupo, de cero, porque nadie sabía tocar nada; y en ese grupo, desprovistos de bajezas, dando aletazos y tumbos, los jóvenes fueron aprendiendo a tocar algún instrumento, mientras tocaban mis canciones con una naturalidad que asusta.

En el trayecto, poco auspicioso, hubo un instrumento que siempre me fue esquivo: el acordeón. ¡Si ni siquiera podía tener una quena de bambú! Esta vez, aunque me resigné a no tenerlo, nunca dejé que se esfumara de mis sueños -muchos años después encontré en un cuaderno del colegio uno de los acordeones que dibujara seguramente con anhelo-; pero eso sí, aprendí a tocar un instrumento de percusión menor, que siempre había visto emparejado al acordeón en los grupos cumbiamberos: el huiro y su “shiquishik” característico, que emparejó perfectamente con el primer instrumento, el más humilde de todos los que había aprendido, el silbo.

Otro instrumento que siempre me fue esquivo, más por el tipo de música que abrazaba, fue el cajón; pues, por aquel tiempo su uso estaba constreñido al ámbito criollo; pero que lo tenía en la mira, por su versatilidad, por su sonido. Esta esquivez me pasó factura haciendo música en Borinquen; mis diestros amigos percusionistas, me dijeron si acaso yo podía enseñarles a tocar el cajón peruano; pero tuve que decepcionarlos: “no sé tocar cajón”. ¿Qué cómo iba a ser posible que un peruano no supiera tocar cajón? Desde su perspectiva caribeña era una herejía. Me sentí, aunque no debía, en deuda, incompleto; tanto así, que la próxima vez que regresé de Perú, para resarcir un poco el sentimiento de culpa, les llevé algunos CD´s tutoriales, entre ellos, recuerdo, el del maestro cajonero peruano, Rafael Santacruz. Pero esta esquivez, menos mal, no duró para siempre; su fin empezó con la pandemia.

Sin darme cuenta fui coqueteando con el cajón que adornaba silenciosamente la sala de casa; y de a pocos, robándole tiempo a la esclavitud moderna y virtualizada, fui robándole sus sonidos, sus secretos: sus ritmos criollos y afroperuanos, y de paso, por supuesto, sus ritmos andinos y caribeños. Y fue como a casi un año de aprendizaje lento, pero sostenido, el cajón ha pasado a formar parte de ese conjunto privilegiado de instrumentos que son una extensión de mi alma, y que me animaría a tocarlo fuera del ámbito doméstico, me animaría a tocarlo para un público más exigente y objetivo. Bienvenido, ¡y justo en el bicentenario!, cajón peruano. Eso sí, espero que el domarte, dada la coyuntura, no signifique, premonitoriamente, que has llegado a mí para llevarme contigo en tu oscuro, pero luminoso vientre.

¡Tantos noes, carajo, que si no hubiera testigos, no me atrevería ni siquiera a recordarlos! 

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Autor

  • (Guadalupe, 1969). Físico Matemático (Universidad Nacional de Trujillo, 1996). Viaja a Puerto Rico (1998), donde realiza una maestría en Ciencias Físicas, y concluye estudios doctorales en Física Química. Ha publicado las plaquetas Cantata al Silencio (1996),  Los Abuelos de mis Abuelos (2010), Airport (2015), Promesas al pie del barranco (2015),  Santo remedio (2016) y Un ateo longevo (2017); los poemarios Nostalgia de Barro (Ornitorrinco Editores, 2011) y Airport (Editorial Vallejiana, 2015); los libros de cuentos A orillas del arrozal —colectivo— (Papel de Viento Editores, 2013) y El cazador de pavos (Editorial Infolectura, 2019).  Reside en Trujillo, donde ejerce la docencia universitaria.

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