Un ramo de flores más y me tiro por la ventana

Italo Costa Gómez

 

Un ramo de flores más y me tiro por la ventana

Italo Costa Gómez

Siempre he sido muy querendón y medio romántico. A veces, tengo que mirarme a mí mismo y decirme “ya cholo, suficiente” para no aburrir, para tratar de no cansar porque soy consciente de que mi manera de dar amor es una catarata que nunca cesa. Siempre busco un equilibrio, pero encontrar ese medio exacto no fluye naturalmente, tengo que trabajar para encontrarlo.

Una de las veces en las que me di cuenta que a veces se puede mal interpretar (por llamar a la situación de alguna manera) la forma en la que uno da cariño me sucedió con la mami de un amigo. Lo que me dijo me dejó en tal shock que ni la mamá de las víctimas de Hannibal Lécter cuando se enteraron que se comieron a su hijo. Lloran los corderos, las cabras, todo. Trauma del que aún mi terapeuta está intentando sacarme.

Terapias de regresión. Electroshock. La terapia del espejo. Vidas pasadas. Todo.

Italo Costa

Cuenta la historia que la mamá de mi amigo Checho se había separado después de casi veinte años de relación y a mí se me partió lo que quedaba de mi lastimado corazón.

Le conversaba con cariño y siempre le buscaba conversión. En una de esas tantas tardes me abrió su bobo más de lo esperado alentada por un par de copitas demás.

– ¿Sabes qué es lo que más extraño de ese enano hijueputa? Cada fin de semana me traía flores de todos los colores. Azucenas, claveles, margaritas, girasoles… Lo odio.

Me sentía tan triste por ella. Decidí que yo iba a reemplazar al marido (en eso de la llevadera de flores, claro. Me daba penita pero nunca tanto, ¿no? No seamos pendejos).

Yo era chiquillo y volado y por eso elegí rosas blancas. Me parecían bellas. Yo alucinaba que simbolizaban armonía, solidaridad. Pobrecito yo.

Se las iba a dejar todas las tardes. Aunque sea tres rosas blancas y cuando no podía ir pues su hijo (mi amigo) las compraba y se las daba en mi nombre y yo le pagaba después.

Al cabo de dos semanas me invitó a cenar. Yo pensaba que me iba a agradecer bien bonito. Estaba listo para el abrazo “Vale la pena soñar”.
Lo que salió de su boca me dejó sin aliento.

– Italito… yo te conozco. Sé que tú haces todo con buenas intenciones, pero tus flores blancas en lugar de hacerme sentir mejor me hacen ver como si me vieras muerta en vida y como si estuvieras en luto. Me siento una muerta. Lamento herir así tu buena voluntad.

La pita que se partió. No lo podía creer. Me puse a llorar y traté de explicarle lo que pasaba por mi mente. Cero. Las palabras no salían de mi boca. Me paré y me fui con el corazón roto.

Por supuesto no volví a esa casa durante varias semanas y cuando regresé nadie mencionó las flores: Delete. Suprimir. Cero. Nulo. Equis.

Me siento muerta por tus flores, me dijo la señora. Con razón te dejaron eh. Y yo invirtiendo en su alegría, pequeños barloventos.

Bien hecho. Eso me pasa a mí por meter la ñanga donde no me llaman. Ni más.
Olvida mi cara, mi casa y pega la vuelta.

Autor

  • Ha hecho teatro desde muy joven mientras estudiaba en el Colegio San Agustín de Lima. Estudió Comunicaciones en la Universidad Jaime Bausate y Meza. Escribe relatos diarios en medios peruanos y españoles. Es periodista y columnista “demente” de Periódicos Irreverentes.

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