Un mal necesario

Un mal necesario

Cuando era feliz e indocumentado”, en el puerto de Paita caminábamos a diario, de un lado a otro, de aquí para allá y como si fuera tan normal como el pan para el desayuno. No había distancia que no fuera solucionada en cuestión de minutos y pasos. Caminar era una ocasión para observar con atención todo lo que nos rodeaba y, si era acompañado, para departir y conocerse entre sí. Hoy la vida es una desgracia si no se encuentran esos soles que nos haga llegar a la meta del día en vehículo. La gente -dicen algunos- ya no camina en el puerto porque se corre el riesgo de que los demás crean que es porque se está con los bolsillos míseros o porque se lleva una vida miserable: “la gente si te ve caminando detiene su móvil particular y te invita a subir. Cómo decirles que es por salud, capricho o porque te da la gana y no por falta de dinero, igual, conociendo a mis coterráneos, no te van a creer y van a insistir para que te subas argumentes lo que argumentes”; otros declaran que el crecimiento urbano nos alejó hasta de nuestras familias: “ahora Paita es una Lima chiquita que no sabes quién es tu vecino de al lado ni cuál es su necesidad latente”; y hay los que arguyen que la culpa es del cambio climático y que nos subimos a estos vehículos porque estamos obligados a evitar la eritema solar. Sin embargo, excusas o no, los paiteños ya no caminamos como antaño y nos hemos convertido en esclavos de ese mal necesario llamado los mototaxis.

Quién no los usa y cuántos de nosotros nos hemos peleado por el precio del servicio.

Los mototaxis llegaron a Paita a mediados de los años ochenta, muy diferentes a las actuales, sin el asiento cómodo de hoy y para servicios de carga. Recuerdo que, con mis amigos de la secundaria, después de nuestras clases y solo por novedad, le pagábamos al chofer cada uno de nosotros cincuenta céntimos para que nos diera una vuelta por la plaza da armas. Éramos como niños que suben a un carrusel para saludar a todos los que ven el disfrute.  

Hoy los mototaxis están muy lejos de ser una diversión y se han convertido en una necesidad para el porteño. Y a diario carecemos de voluntad para evitarlas prefiriendo su uso, además de pelear a diario por el justiprecio. Nos olvidamos que vivimos en un país con mercado libre y perdemos el tiempo en la discusión cuando, a pocos metros, hay decenas de iguales que te llevarían hasta por menos de lo que has imaginado. Es cuestión de buen trato y educación para llegar a un acuerdo. Pero no, se pelea, se discute así nomás sin ton ni son, simplemente, porque carecemos de educación y de buen trato.

Los mototaxis le han cambiado la vida a muchos paiteños; los primeros “valientes” -cuenta la leyenda- terminaron comprándose autos y construyendo sus casas con este trabajo tan venido a menos por muchos. “Muchas veces tenía que esconderme de mis clientes porque mi cuerpo ya no soportaba la chamba”, escuché decir a un viejo amigo precursor de esta labor de tres ruedas. Paita tiene decenas de profesionales gracias a muchos padres mototaxistas que supieron invertir el producto de su trabajo en la formación superior de sus hijos.

Sin embargo, hoy se mira al mototaxista como a ese fracasado de la vida que ni siquiera tiene el derecho a ponerle precio a su servicio y la gente cree sentirse superior tan solo por no manejar uno de esos vehículos. Muchos creen que subirse a un mototaxi es predominar y manejarla es someterse; que poner el precio es ser abusivo y no estar de acuerdo y enfrentarte a eso es un acto de honor que te vuelve revolucionario; que tener unas monedas y escoger al mototaxista te hace sentir rico y acomodado y preguntar si quieren tu servicio un mendigo.

Hace unas semanas, -gracias a una norma tan estúpida pero que ya no sorprende por el tipo de autoridades que nos avasallan en el puerto- nuestra autoridad emitió un conjunto de medidas para los mototaxistas en la nueva normalidad, y entre ellas, en el servicio estaban obligados todos a incluir una bolsa para los desperdicios del cliente; es decir, el detestado, pero necesario hombre de tres ruedas tenía que volverse basurero de los maleducados que creen ser superiores a él. ¿Acaso se puede ordenar cosa más estúpida que esa?

La gente antes de subirse a estos vehículos busca seguridad, sin embargo, el orgullo y las monedas no dan para tanto y muchas veces terminan subiéndose no al del paradero formal, sino al que tuvo la suerte de pasar en ese preciso instante: al pirata, al informal, al del problema social, pero que, aunque parezca extraño, es el que cobra lo que se cree justo o “a lo que caiga”. Es que entre colegas de tres ruedas es muy notoria la distinción. El formal no se malvaratea como los otros, al contrario, espera paciente su salida en la cola y, por consiguiente, necesita una carrera que convenga, aunque no sean muchos los que prefieran pagarla.

Los mototaxis llevan décadas dando este servicio en el puerto, no obstante, la gente no termina de aprender que debe sentarse o colocar el mayor peso posible en el lado izquierdo para que se asiente el sistema de arrastre y logre mejor estabilidad y mejor funcionamiento de los frenos: “Se aplastan donde les da la gana”, dicen los conductores. Tampoco la gente es capaz de entender que lo mejor es escoger al que va en dirección a su destino y no en sentido contrario, simplemente, porque es más factible que el precio sea el conveniente para ambos; así como discutir el costo de la carrera de manera decente y educada, como cuando se compra un vestido o zapatillas de marca en la tienda de la esquina. Pues no es lo mismo imponer, discutir y pelear. Cosas tan simples como decir buenos días o buenas tardes a la hora de tomar el servicio.

Dicen que no es justo que un mototaxista gane más de lo que gana un profesional técnico cualquiera que ha estudiado tres años, situación tan igual a lo que dijera un profesor del magisterio allá por los años ochenta, que los pescadores no tenían derecho a ganar más que él que sí se había quemado las pestañas estudiando para profesor de aula. Descartando estos pensamientos que no ameritan mayor explicación que una apología a la estupidez, la gente olvida que un vehículo de estos necesita reinventarse para continuar en las calles, porque no todo es ganancia, como todo en la vida.

Se cree que la mejor manera de mantener el control de estos vehículos es mediante las ya famosas “asociaciones”. El que no se agrupa no existe como tal; es decir, no hay procedimiento de ordenamiento en lo singular. Pero, ¿qué son estas agrupaciones y para qué sirven más allá que para obtener documentación en regla por un año? Tan reglamentarias ellas, sin embargo, hoy somos testigos de cómo invaden nuestras veredas con dizque paraderos permitidos por las autoridades de tránsito. Si por tu esquina todavía no han construido uno, con techo y barandas y con una que otra decoración folclórica, es solo cuestión de tiempo. Eso y el dibujo del achorado de la cuadra caído en batalla callejera e inmortalizado en la pared de la esquina. Pero eso es otro tema.

Lo que suena inexplicable y que se ha vuelto recurrente en el puerto de Paita, son las batidas de mototaxistas después de un asalto a una entidad cualquiera o después de un asesinato. ¿Alguien en su sano juicio creerá que un delincuente-asesino se va a poner a trabajar en un mototaxi después de haber cometido un acto tan aberrante? Cosas de abuso y aprovechamiento de mentes que no se sabe bajo qué criterio realizan tan estúpidas acciones, y que lo único que busca es usufructuar y aumentar las arcas pobres de la municipalidad y de la comisaría.

En fin, los mototaxistas, nos guste o no, sean menos gente que nosotros o no, sean menos inteligentes y señores que nosotros o no, son parte de nuestras vidas y convivimos con ellos a diario. Los necesitamos, aunque estemos predestinados a pelear por unos céntimos con ellos.

Los mototaxistas, después de todo, son ese mal necesario que nos facilita nuestra existencia.

Y el que no desea el servicio, pues que camine, como antaño, que es saludable y gratis.

 

Autor

  • Nació en Paita, 1971. Ha publicado las novelas "Entre el cielo y el mar" y "El Príncipe del Rectángulo". Actualmente dirige la revista Barlovento y busca tiempo y espacio para terminar su tercera producción literaria.

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