El Placer Anacrónico

Por: Luis Eduardo García

Los libros se han guardado por siglos en estanterías y bibliotecas con placer maniático. Dentro de poco, se conservarán por miles en dispositivos microscópicos y, por lo mismo, exigirán un nuevo tipo de devoción por parte del lector.
¿POR QUÉ SEGUIR COMPRANDO LIBROS, leerlos tumbados en un sofá y luego guardarlos en estantes si dentro de poco serán cosa del pasado, viejos objetos que los bibliómanos y bibliófilos conservarán como las joyas de la abuela?

El lugar de los libros va siendo ocupado poco a poco- y de manera irreversible- por aparatos informáticos diminutos capaces de almacenar miles de ellos en apenas centímetros cuadrados, ¿entonces por qué insistir en conservarlos si ocupan tanto espacio? Supongo que se trata de un tema generacional.

Los que guardamos libros a la antigua somos, como los lectores de mañana, hijos de las costumbres, el conocimiento y las circunstancias. En mi caso: es lo que aprendí de niños con mi familia, lo que experimenté cuando visitaba alguna biblioteca pública en mi época de colegial y lo que la ciencia y la tecnología de los 70 indicaban a los dueños de estos objetos mágicos.

Hay una especie de nostalgia que mueve a los cuarentones como yo a visitar regularmente librerías formales y de viejo para agenciarse de materiales de lectura. Soy un migrante como todos los de mi edad y aunque puedo leer diarios y revistas en la pantalla de una computadora, soy incapaz de meterle diente a un libro completo bajo el formato digital. Soy hijo de mi tiempo, no lo dudo.

Las editoriales siguen produciendo libros físicos porque existe todavía un mercado para lectores anacrónicos o sobrevivientes como yo, porque los e-books son todavía relativamente caros y no han podido desarrollar una cultura del placer cibernético y porque aún restan muchos años para que abandonemos del todo las estanterías abarrotadas de textos impresos. Cuando ese día llegue, ¿a dónde irán a parar todos los shakespeares, borgues, vallejos, garciamarques, vargasllosas, kunderas y pessoas que me han acompañado a lo largo de la vida? ¿Arderán a 451 grados Farenheit?

Los que compramos y coleccionamos libros practicamos un ritual de adquisición y lectura. Primero vamos, previo ataque de ansiedad, en su busca. Cuando llegamos a las librerías, los tomamos con cariño, miramos las tapas, leemos los cintillos de promoción, luego la nota de la contratapa y en última instancia el precio. Ya a esta altura del ritual sabemos que serán nuestros, pero insistimos por puro hedonismo en comprobar con el asistente o asistenta del lugar si el precio es el que dice la etiqueta. Pagamos y salimos disparados a casa con la finalidad de disfrutar con más libertad su posesión.

En casa arrancamos lentamente la envoltura de plástico, los volvemos a acariciar y los olemos. Sí, los olemos. Los libros huelen a tinta impresa, a goma, a artificio y, por supuesto, a conocimientos, a información. No podemos describir exactamente el olor, lo cierto es que huelen a una mezcla de todo y ese olor es como la justificación de una adicción. Tras el rastreo sensorial viene quizás la parte más placentera: buscar el momento ideal para clavar los ojos en su primera página.

He inaugurado primeras páginas de libros en camas, sofás, retretes, asientos de buses y aviones, salas de espera y cafeterías, y siempre con mucho respeto y reverencia. No suelo mientras leo subrayar o anotar sobre sus páginas impresas, aunque lo he hecho algunas veces por necesidad y con buenos resultados. En general, prefiero tomar notas en libretas, pegarles papelitos adhesivos de colores a las páginas y cuidar de que los libros no se estropeen por ninguna de sus partes.

Algunas veces, si se trata de textos que me interesan en demasía, les coloco una cubierta de plástico y los limpio cuidadosamente. Se puede decir que cuido de ellos con devoción de fanático. A veces he pensado que el cariño que les prodigo con tanto esmero es mi manera de despedirme de ellos, de asirme a una materialidad que probablemente no exista cuando yo me haya muerto.

Mi hija Luciana tiene once meses de nacida. Es dueña de un par de libros ilustrados de El Quijote para niños, de esos que tienen las páginas de cartón grueso, con grandes dibujos y casi nada de texto. Ella, por supuesto no lee, pero ha aprendido algo de su madre y yo le hemos enseñado inconscientemente: que los libros se guardan en los estantes. Cada vez que quiere jugar con ellos pide con gestos y sonidos que la acerquemos hasta el lugar donde los deja siempre. Es el mismo rincón donde reposan los libros de Octavio Paz, Tolstoi, Mann y Celine. ¿Cómo decirle que se trata de una costumbre extemporánea, de un ritual que ella cambiará dentro de poco por tecnologías que sus padres no alcanzarán a ver ni a experimentar? Por ahora, me consuela pensar que será una lectora del futuro.

Soy hijo de mi tiempo, no lo dudo.

Autor

  • Poeta, narrador y periodista. En 1985 ganó el VI concurso “El poeta joven del Perú” y en el 2009 el Tercer Premio del Concurso Internacional Copé de Poesía. Ha publicado seis libros de poesía: Dialogando en extravío (1986), El Exilio y los comunes (1987), Confesiones de la tribu (1992), Teorema del navegante (2008) y La unidad de los contrarios (2011) y Filosofía vulgar (2013); dos de cuentos: Historia del enemigo (1996) y El Suicida del Frío (2009). El 2015 su novela Señor Cioran ganó uno de los premios de La Fundación para la Literatura Peruana. Es Columnista del diario La Industria desde 1986. Dirige la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Privada del Norte de Trujillo.

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