El Hijo del Sol

El Hijo del Sol

Por: Ricardo Espinoza Rumiche

No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi a don Tomy. Tengo la imagen del caballero detrás del mostrador de la tienda en la calle independencia, primera cuadra, evocación de los tiempos mejores de un puerto donde todos sabíamos quién era el vecino de al lado y de lejos. “Don Tomy”. No había por qué ni para qué saber más del Sr. amable que atendía siempre con un gesto complaciente. Pero, lo cierto, es que su apellido siempre saltaba en conversaciones deportivas: Tomosada. “Don Tomy Tomosada”. “El maestro Tomás Tomosada”. Un hombre que había logrado establecer un nuevo deporte en los adolescentes de los años sesenta, y poner en ejecución pensamientos modernos donde la disciplina del joven era la mejor forma para encontrar su verdadera libertad. Con don Tomy nace en el puerto de Paita no solo un deporte, sino una cofradía, una verdadera congregación de devotos que, en la actualidad, ha forjado y sigue forjando a centenares de paiteños: el INTIPA CHURIN, club de judo.

Don Tomy ha quedado en nuestra historia porque supo aprender algo bueno para poder enseñar; porque supo recibir para dar a los demás. Dicen que la enseñanza es más que impartir conocimiento; que significa inspirar un cambio en la gente. ¿Por qué los seres humanos tememos al cambio? Tal cambio, para mí, que había nacido, criado y casi marcado para vivir en un coliseo entre tableros y canastas, me llegó un día de aquellos, cual inspiración que no puede ser tocada, pero vaya que sí sentida: había observado en más de una oportunidad la práctica correspondiente, desde una esquina, escondido detrás de mis sospechas. Decidí enfrentar mis temores aquel día y, con el corazón a mil por hora, entré al viejo tatami de colchonetas con olores excéntricos. Es una sensación extraña pisar por primera vez ese ambiente de alfombras adosadas. Y más misterioso, arrodillarse con respeto y sumisión ante la fotografía de un anciano que no sabes (en esos instantes) si es un santo o el bisabuelo del que te ha invitado a la fiesta.

Pero tengo esa experiencia en mi mente y creo entender la génesis de esta propuesta que pudo cambiar la vida de muchas generaciones paiteñas. Y cómo no, si lo primero que se aprende en este ambiente es que el judo es una disciplina que, con la técnica aprendida, rinde honor a su significado: “camino de la suavidad”, y por eso, busca lograr la eficacia con el menor esfuerzo posible basado en el apoyo mutuo y en la solidaridad. Buscar que el alumno se convierta en una mejor persona siempre ha sido la meta en esta disciplina que nos enseñó don Tomy a los paiteños. A diferencia de otros deportes, se enfoca en el honor, dándole valor a la palabra; en la amistad y el respeto, que brindan la confianza; en la cortesía y en el coraje, que te permite hacer lo que es justo; así como en la sinceridad, para poder expresarse honestamente; y en la modestia, que te convierte en un discípulo humilde, sin orgullo y sin vanidad.

A Paita el judo le ha dado no solo los lauros que ya se le reconoce a nivel nacional e internacional, sino un modo de vida. Gracias a don Tomy, competir fuera de nuestra frontera provincial, se ha convertido, con el tiempo, en una temible huella. Don Tomy supo gestionar esta marca personal que lleva cada paiteño a las competencias. Construyó una senda que, con el tiempo y el gran trabajo de sus descendientes, se ha logrado transformar en un inmenso camino sin final escrito. Hoy el judo de Paita es un distintivo, una insignia de éxito que enorgullece hasta a los más escépticos anti-deporte.

Don Tomy nació en Paita, un 30 de octubre de 1924, hijo de un inmigrante japonés llamado Masakichi Tomosada Nagayama y de doña Teodora Cobos Vásquez. Fue contador. Además, conocía de idiomas como el japonés y el inglés. Se casó con doña Aida Kihara y se desempeñó como profesor en el colegio San Francisco de Paita, en el año 1948; y un año después, pasó a ser el contador del colegio. Y, después de un ligero paso por la zona de educación Nro. 13, se desempeñó como jefe de la pagaduría zonal de Piura. Finalmente, quedó destacado como administrativo en el colegio San Francisco de Paita, lugar de estudiantes de la secundaria porteña donde nace su afamada historia con el puerto, y que empieza cuando funda el club de judo INTIPA CHURIN: hijos del sol.

Don Tomy no solo enseñó un nuevo deporte en Paita, sino que inculcó valores a los futuros ciudadanos, dirigidos hacia la difusión de una alternativa que sirviera de recreación y permitiera, mediante esta actividad, prevenir una serie de alteraciones físicas y psicológicas en nuestra juventud. El judo, por muchos años, ha ayudado a la educación en el aspecto formativo y recreativo, cosas que no tienen nada que ver con la competencia. Sin embargo, fuimos competidores y lo seguimos siendo desde el inicio.

El día de su matrimonio
El día de su matrimonio

Hace algunos años, cuando me animé -en mi corta vida de judoca- a cambiar de color de cinturón, fui testigo de todo lo que significaba este hombre para el mundo de los judogis y los tatamis. Había sido invitado el maestro para ser parte del jurado; estaba frente a todos los postulantes y sentado entre dos de sus discípulos de antaño. Que alguien como él calificara a alguien como yo, era -como escribió Ana Frank en su diario:- “ser arrojado a la realidad”.
Su personalidad era única y bien definida. El hombre amable de la tienda que conocí de niño era en verdad un fuego inapagable. Tan solo su presencia era la mejor de las lecciones. Se le notaba consciente de lo que había hecho para este puerto, y toda esa experiencia lo había convertido en un maestro con mucha personalidad, actitud y carácter. Tenía para el judo un amor para toda la vida y por eso se negaba a renunciar a su destino.

Ni la vejez pudo quitarle las ganas de seguir siendo un hijo del sol.

Autor

  • Nació en Paita, 1971. Ha publicado las novelas "Entre el cielo y el mar" y "El Príncipe del Rectángulo". Actualmente dirige la revista Barlovento y busca tiempo y espacio para terminar su tercera producción literaria.

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