4 de octubre, el día de la Sanfran

4 de octubre, el día de la Sanfran

Soy miembro de la promoción 87 del glorioso e histórico colegio nacional San Francisco de Paita, la Sanfran para los modernos criollos; pero tengo que hacer una simple operación matemática para estar seguro de eso. Ingresé -eso sí es imborrable- en el año 83, en tiempos de lluvias y maretazos. Fue como pasar de un colegio primario a otro.

Meses antes, en nuestro colegio de la punta, vivimos momentos de miedo al escuchar lo que se les hacía a los cachimbos de “La Sanfran”: Que los mayores te rapaban, que te pegaban, que te robaban, que te escupían y otras cosas más que mi memoria no recuerda, pero que aumentaba el miedo de llegar a la secundaria. No había escapatoria porque era el único colegio de la zona, el orgullo del puerto, pero, para mí, un niño de 11 años y seis meses, era la historia de terror que estaba por vivir.

Pero la naturaleza se encargó de protegernos: inundó el colegio y tuvimos que iniciar nuestro periplo secundario muy lejos de sus instalaciones, en la 12, por las tardes y acompañados de los de tercer año; los demás, se hospedaron en la 33, el colegio donde había vivido mis últimos cinco años (es que no estudié primer grado; era demasiado inteligente para eso, dijeron)

Fue como seguir en la primaria con la diferencia del número de profesores y el variopinto grupo en el que había caído. Allí conocí y me hice amigo de mis ex rivales deportivos de la 11, peloteros-callejeros por naturaleza y de los de la 12, viejos rivales de memorables tardes de minicanastas.

Escudo del Colegio San FranciscoCuando llegué al tercer año -ya sabía, “lo llevaba en la sangre”, era cuestión de tiempo- el profesor poncho me llamó al equipo de baloncesto y tuve que abandonar mi aula, la A, la de los más inocentes y estudiosos, para ser el nuevo miembro de la B, por cosas de horarios y donde la cosa era seria. Ese traslado me genera dudas cuando me cruzo con alguien que me dice “promo…” Nunca sé si es un ex compañero de la A o de la B. Pido perdón por eso, pero ya son más de 30 años cuando dejamos las aulas.

Entre los mejores recuerdos están mis talleres de carpintería, con el famoso y muy querido “Luchito Paz” donde alguna vez soñamos con fabricar un mueble para nuestras casas, y el de soldadura, con “el profe Lato” donde nos divertíamos uniendo dos fierros que pudieran verse como un masetero. Había otro, el de electricidad, que lo llevé dos años, pero que nunca me gustó, que lo ignoré con ganas y que realmente me llegó altamente. Hoy lo recuerdo cada vez que mi suegro hace alguna instalación y yo le sostengo la escalera.

Conservo el recuerdo de muy buenos profesores, como “el Fico Varillas”, de letras, un flaco reflaco que hacía de sus clases diarias un ambiente de amigos, pero que fumaba como chibolo malcriado y que te desahuevaba con frases criollas como “Siéntate, carajo, que te pareces a mi pene: te paras y te paras hasta por las puras”. También “el chico Alembert”, de números, que hacía olvidar que la matemática era aburrida o te lanzaba coscorrones con un estilo envidiable, que no dolían pero que te recordaban que si te quejabas tu mamá te regalaba otro más fuerte. De igual modo “el teacher Arca”, de historia, pero que más hablaba de política. Así como “el Cassanova”, el poeta querido y admirado, pero que hacíamos recitar para no hacer clases y para reírnos de su histrionismo.

Pero, como no todo tiene que ser buenos recuerdos, también tuvimos un profesor que, desde el primer día, llegó con la pierna en alto, tratándonos como en el ejército. Yo, para mi fortuna, ya estaba en quinto año y a punto de mandar a volar a todo el que se me cruzara en el camino. Un año antes había cambiado por completo y era el resultado de mis clases de judo en el Intipa Churin que -por arte de magia- me había quitado la timidez y que me había vuelto algo así como un defensor de los humillados. Este energúmeno del magisterio que hasta el día de hoy me cuesta saludar, ordenó el primer día de clases a todos quitarse los pantalones y los zapatos para, según él, revisar nuestras partes íntimas. Me negué, por supuesto, sin dudar un instante que eso era una humillación y un acto de vejación a mis compañeros.

Fui expulsado por rebelde, por primera y única vez de la Sanfran, a mis quince años y seis meses, manchando una hoja de vida escolar que ya quisieran otros tener para sentirse menos desgraciados. Pero, como había que dar una explicación, salí airoso del tema cuando mi mamabuela llegó y resondró al susodicho por tan grado de idiotez que yo no estaba dispuesto a soportar. Resultó ser su compañero de cofradía y excompañero de aula de mi viejo. Toda una decepción el hijoeputa.

Hoy mi colegio está de fiesta, una fiesta diferente por el virus y la coyuntura, pero igual he prometido celebrar cuando, cada vez que llegue el 4 de octubre, no sea este día un estado de sentimentalismo tonto y cuando el orgullo de verlo impacte desde su frontera; cuando vea a mis herederos sentarse en sus aulas y orgullosos entonen su himno con la misma emoción con la que mis amigos y yo lo cantábamos; cuando sus vecinos, por fin, analicen que una escuela es para la ciudadanía en su conjunto y para el futuro de nuestros jóvenes y no para unos cuantos que solo piensan en su bienestar, si no, pues vean a nuestras ex vecinas con su hermoso colegio. Yo celebraré y abriré mi corazón cuando lo vea por sobre todas las demás instituciones y no sobre los restos de lo que fue y significó el alma mater de mi provincia.

Ese día llegará, estoy seguro que sí, que algún día veré a mi colegio otra vez erguido y reclamando su espacio en la historia.

 

Autor

  • Nació en Paita, 1971. Ha publicado las novelas "Entre el cielo y el mar" y "El Príncipe del Rectángulo". Actualmente dirige la revista Barlovento y busca tiempo y espacio para terminar su tercera producción literaria.

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