Cangu en Libertad

“Cuando se quiere ser libre simplemente hay que disfrutar del paisaje”

La historia de Colán es nuestra propia historia. Los paiteños hemos visitado su orilla en diferentes oportunidades, para relajarnos, divertirnos y hasta para observar que, mientras el mar continúa deslizándose libremente y recuperando su propio terreno, nosotros pasamos por este mundo como almas que no tienen puerto ni orilla.

Hoy es fácil ir a la playa, las movilidades sobran, te esperan y te ruegan. La playa -al igual que la radio- “está más cerca de la gente”. Pero hubo un tiempo que, si no estaba la camioneta del papá del amigo platudo, caminábamos en largas caravanas donde -gracias a las risas y a los inventos de adolescentes- no se sentía el cansancio ni el tiempo. De niño, como muchos otros a quienes nuestras madres nos cuidaban en demasía, me perdí momentos memorables en esa playa que hoy me harían imaginar menos. Mi madre no confiaba en el mar; es que, de repente, ser mujer de un pescador no ha de ser fácil. El hombre de mar sabe cuándo zarpa, pero nunca si aquella vez arriba.

Cangu lleva varias temporadas viviendo frente a la playa, en su playa, ha visto pasar a miles de humanos en diferentes épocas y ha sabido entender que la libertad es cosa de dejarse llevar por la naturaleza, Cangu disfruta de la playa, la siente, la aprovecha y nos enseña que, cuando se quiere ser libre, simplemente hay que disfrutar del paisaje.

Hoy Cangu disfruta de Colán como ya quisiéramos disfrutar muchos humanos, pero hubo un tiempo de vacas flacas donde tuvo que hacerla de vigilante, sin goce de haber, para sobrevivir y ser útil a miembros de una sociedad que no terminan de entender que ser distintos a ellos no te da licencia para el maltrato. ¿Su paga? Apenas las sobras de las comidas de los obreros. ¿Y para completar? Los tachos de la basura que no estaban nada mal para la escasez, pero que dolía por dentro. No había más oportunidad para Cangu que una vida gris desde donde la mirara. Pero, si el pasado es para aprender, como dicen, pues hoy Cangu se las sabe todas.

Quien no ha soñado con vivir frente al mar, como hoy vive Cangu, simplemente no ha soñado. El mar purifica, rejuvenece y enamora. “En el mar la vida es más sabrosa”, cantaba la sonora Matancera, y no es un secreto que nos volvemos libres tan solo con pisar su orilla, que nos desenfada, pero que al mismo tiempo nos calma, nos alimenta y realimenta y, a la vez, nos permite disfrutar de un estado de paz que conseguimos de manera instantánea tan solo con rosar nuestros pies con la arena.

Cangu tiene una amiga incondicional, Melva, una Fila Brasilera de sesenta Kg. de peso que le ha enseñado a buscar, pelar y comer cocos en la playa. Cangu, galante como pocos, con sus cuarenta Kg. bien llevados a cuestas, acompaña a Melva a todo sitio menos a la piscina. Lo suyo es beneficiarse de lo que le brinda la naturaleza. Desde muy cachorro ha aprendido que la vida es un desafío y que necesita enfrentarla a diario con hidalguía para mantenerse en forma y con vida.

Pero Cangu no siempre fue apuesto. La mala vida, antes de conocer a su nueva familia, lo hacía ver delgaducho y orejón, tan orejón y cara delgada que parecía más un canguro que un perro. Y por eso fue bautizado como Cangu, cuando conoció por primera vez lo que era tener una familia, la mejor manera de sentirse querido, aquel día que encontró a alguien que se interesara por él, a alguien que le explicara con actos de amor que todos valemos y que hay cuidados especiales para cada ser vivo, alguien que lo llevara a un veterinario para que le abriera una historia clínica, alguien que lo ha amado desde el primer día que lo vio desprotegido, triste y acompañado de una terrible soledad: María del Carmen Noblecilla Atkins, su madre adoptiva.

Hoy es atento, apuesto y obediente; no obstante, la primera vez invadió la casa que hoy lo acoge con un desenfreno incontrolable. Los gatos se convirtieron en sus víctimas cuando corrían despavoridos del invasor maleducado. Hoy son amigos, compañeros y hermanos de la misma familia que pueden hasta compartir un buen pescado del mismo plato, como todo buen colanero. ¿Quién dice que no se puede aprender buenos modales en cualquier época de tu vida?

Como la de muchos paiteños, la historia de mi niñez es una historia de playas, y entre los tantos recuerdos de “El Toril” y “La Capitanía”, prevalecen los que me dejaron el placer de lo que es vivir en un campamento en la playa de Colán, entre chicos boy scouts, por supuesto, porque mi madre confiaba en los cuidados de los jefes, pero no de los amigos mayores; así como corretear con mis hermanos en aquella orilla que ya no quiere mostrarse. En Colán aprendí a armar una carpa, a cocinar un arroz con algo, a entender que la amistad es valiosa y a disfrutar cuando el sol se une con el mar en un majo espectáculo que la naturaleza le había negado al puerto de Paita. Aunque parezca risorio, envidio a Cangu y su vida playera.

Los que conocen a Cangu, son testigos que para él las peleas de perros son para perros de la calle. No asunta, no pierde los papeles, no tiene un prontuario delictivo, al contrario, se ha convertido en toda una celebridad de la playa: la patrulla, la cuida y es fiel con los habitantes que lo saludan y que le dan un motivo para entender que en esta vida hay que ser útil al prójimo a cambio de una sonrisa.
Cangu, de vez en cuando, suele cachuelear en las casas de los vecinos jugando con los más pequeños, pero, como si fuera pecado, ha sucumbido a la gula de tanto recibir cariño de los que lo estiman. Lo han puesto a dieta por eso. Hoy come una especial comida para canes con sobrepeso. Su vida, como pocos de nosotros los mortales, se debate entre la gracia de los que lo necesitan (y que le brindan las mejores exquisiteces) y la de su familia que lo espera para curarle los excesos. No hay reparos para agradecerle sus servicios: fotografías en sillones exclusivos, dieta en restaurantes y cariño en demasía son testigos de la buena vida de “Cangu-Cangurín”, como hoy lo llaman los niños.

Cangu tiene una particular manera de entrar a su casa: no hace ruido, no ladra, no toca el timbre, simplemente, pega la nariz en el vidrio de la puerta para indicar que el hijo adoptivo y apuesto ha llegado. Rutina que no puede hacer para salir. Ahí sí sufre porque no ha encontrado todavía la manera decente de decir que su momento de libertad ha empezado. No le queda otra que mordisquear, patear o lamer a la dueña de la casa para que le abra.

Cangu es el ejemplo de verdadera libertad. Ser libre es liberarse y liberar. Hoy se pasa buen tiempo mirando el horizonte, parece pensar en su pasado y en la diferencia con su presente. Se siente afortunado y se asegura de devolver los favores con lealtad. Dicen que sueña dormido y despierto, que corretea a las aves por diversión y que ha encontrado en el mar la verdadera felicidad. Hoy tiene un amigo, Vicho, y juntos desentierran cangrejos para observar juntos cómo se introducen en sus escondrijos. Su madre adoptiva, María del Carmen, me dice que nunca se cansa de contemplar el mar. Siempre con la mirada hacia el puerto de Paita, como si intuyera que hay otra playa que alguna vez acogió a su madre, como si entendiera que el mar tiene espacios para cada uno de nosotros. Cangu contempla a diario la puesta de sol, es una rutina casi religiosa, como queriendo abrazar la esperanza de que, algún día por fin, descubrirá qué es lo que se esconde en esa línea lejana, llamativa y diferente que une el cielo con el mar de Colán.

 

*Fotografías de María del Carmen Noblecilla Atkins.

Autor

  • Nació en Paita, 1971. Ha publicado las novelas "Entre el cielo y el mar" y "El Príncipe del Rectángulo". Actualmente dirige la revista Barlovento y busca tiempo y espacio para terminar su tercera producción literaria.

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