24 de setiembre

24 de setiembre

A mí nadie me va a quitar de la cabeza el valor histórico y cultural de la feria de Las Mercedes.

La imagen, tan venerada por miles de peruanos, vive en este puerto hace cientos de años. Según don Enrique Yen Chunga, en su libro Paita Mar de Fe; desde 1563, por lo que constituye el culto más antiguo de este país. La imagen y su celebración es parte de nuestra historia y nuestra cultura. Si a alguien no le gusta, lo mejor que puede hacer es guardar silencio, respetar, verse educadito o regresarse por donde vino si tanto le molesta.

Libro que contiene datos históricos sobre la virgen de Las Mercedes. 

Otra cosa son los comerciantes que, afortunadamente, este año no veremos. Siempre se confunde la fe, que es la creencia y esperanza personal, con el comercio, esa acción de comprar y vender, que es la parte fea y que nadie ha podido corregir en décadas. Este año las circunstancias nos obliga a los paiteños y peregrinos de muchas partes del país a celebrar a distancia, desde nuestras casas. Sin embargo, las redes sociales mantienen viva esa fiesta que ha permanecido a través de los años y que muchos hemos heredado gracias a nuestros predecesores.

La feria ha marcado momentos significativos, transiciones entre la infancia y la madurez. No hay paiteño, aunque haya mudado de religión, que no tenga un recuerdo de ella.

No se puede hablar de Paita sin nombrar a “la mechita”; porque la imagen es historia, es auto-identidad y, por ende, ha creado un impacto profundo y duradero en la manera cómo un paiteño y demás peregrinos se ven y se sienten a sí mismos en el presente y en el futuro.

La fiesta de la virgen de Las Mercedes de Paita es importante para este puerto porque permite mantener algunas ideas y también formas de nuestra cultura; es decir, muestra nuestra esencia cultural. Antes que ponerse en contra solo porque no se comparte como creencia religiosa, debemos entender que esta celebración, de manera tan natural, lo único que hace es expresarle al mundo lo que fuimos y lo que somos.

Las tradiciones inculcan valores en los niños. Y esta parte de la historia del puerto es también una herramienta útil que estimula la imaginación y que nos proporciona lecciones de amistad y amor. Antes que pelearnos entre paiteños, tenemos que tener en cuenta que la historia de la virgen de las Mercedes, es la historia misma del puerto, es conocimiento que nos enseña los aspectos religiosos y morales de nuestro lugar de origen.  


Dibujo de la primera ermita de La Merced, en 1532. Autor: profesor paiteño de artes plásticas, don Rolando Rondoy.

En setiembre, el día 24, cuando yo era un niño, mi balcón era una fiesta llena de globos, flores y uno que otro bocadito que mi madre preparaba para recibir a los invitados. En realidad, la gente se invitaba sola; a veces subían familiares que ni sabía que existían y por eso dudaba si saludarlos con un beso o con la mano; otras, personas que ni siquiera eran amigos de mis padres, que pedían permiso casi rogando para estar a nuestro lado. Ese balcón de la calle San Francisco era un privilegio que el destino nos había regalado. Cuando sentía que los acompañantes nos miraban más a nosotros que a la virgen, entonces mi hermano y yo les tirábamos más flores a ellos que a la imagen para que dejaran de mirarnos con caras de tontos.

La antesala era todo un caso: mamá llegaba con un triciclo lleno de ramos de flores que nosotros deshojábamos o desflorábamos y que curtíamos con el más caro de sus perfumes. Solo un año y nada más que un año, y no sé por qué, faltaron las flores. No era lo mismo, nos sentíamos incompletos; entonces mamá ordenó cortar papeles de colores. Yo aproveché a cortar una prueba jalada que tenía escondida, y mientras lo hacía, le pedía a la mamita meche que nunca más volvieran esas notas. Limpiar el balcón también era otra de las tareas, titánica, pues mamá ordenaba sacarle lustre como con los zapatos del colegio, además de otras cosas que hacíamos para estar preparados.

Cada vez que miro ese balcón me transporto con nostalgia, me es inevitable. Observo su soledad: siento que me extraña. Con la mudanza supe que había otro tipo de vida en la misma Paita, como en las grandes ciudades, sin vecinos amigueros, sin bullas, sin fiestas tradicionales ni balcones con privilegios; eso sí, con mucha paz y tranquilidad. Pero también entendí que hay momentos que la tranquilidad y el silencio, muy lejos de lo que disfrutaba de niño, pueden convertirse en soledad.

La feria no solo es para los religiosos que pelean y defienden a su imagen; también es el mejor motivo para regresar a casa, visitar a la familia y a los amigos y para recordar que fuimos felices.

No hay por qué hacerse problemas. Disfrutemos este 24 de setiembre

Autor

  • Nació en Paita, 1971. Ha publicado las novelas "Entre el cielo y el mar" y "El Príncipe del Rectángulo". Actualmente dirige la revista Barlovento y busca tiempo y espacio para terminar su tercera producción literaria.

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